Me duelen las manos, casi no puedo escribir. Me pesan los parpados, mis ojos poco a poco se van cerrando. Mi mente no conserva la lucidez para ordenar las palabras como quisiera. Simplemente las voy pegando una a una, intentando crear las frases que expresen como me siento. Han pasado mil años o creo que fueron más. Yo sigo aquí, como el primer día en que te vi. Esperando como te prometí. La sangre que me recorre, ya no lo hace como antes. La vida que una vez viví, ya es un recuerdo del pasado. Si algo de la persona que fui queda en mi corazón, es gracias a ti. Y hoy recuerdo tus caricias en mi piel, la mirada de tus ojos claros. Aquella tarde de lluvia....

Gotas caían del cielo, que resbalaban por tu cara, que se mezclaban con mis lágrimas. Tu cuerpo tembloroso, en parte por el frío, en parte por el miedo a no volverme a ver. Aquel rincón de la ciudad donde nos despedimos por última vez.

Nos besamos por última vez, con tanta fuerza que los labios se pusieron blancos, como si así nuestras lenguas quedaran tan juntas que se quedaran pegadas y no pudieras irte.

Esa fue la última vez que te volví a ver. Aquel coche no fue la mejor opción para un viaje con la cazada mojada. No quise ir a tu funeral, ni siquiera a tu entierro. Para mi no has desaparecido, solo se lastimó tu cuerpo. En algún lugar sigues ahí fuera. Algún día te encontraré. En la forma en que lo haga es lo de menos, pero lo haré. Un amor tan grande no se pierde con el tiempo. Y yo he encontrado la forma de eludir el final de mi existencia. Burlé a la dama de la guadaña, y es cierto que estoy cansada y que me duelen los ojos, pero me acuerdo de ti, y me animo a seguir adelante.

Tarde o temprano estaremos juntos, tu alma con la mía. Y nos quedará la eternidad para no volver a separarnos.